Los políticos, demostración del principio de Peter y triunfo de la mediocridad.

 

Me gustaría admirar a un político que haya estado en el poder, que haya gobernado durante un tiempo en cualquier institución y que haya dejado ese puesto sin haber cambiado como persona, sin haber llegado a ese punto de no retorno de creerse “salvador” de algo, aunque preferiría que tras el paso por el poder volviera a ocupaciones laborales fuera de la política, considerando como política, para no quedarnos como tontos con una piruleta, cualquier puesto de consejero o administrador o presidencia o lo que sea en grandes empresas o corporaciones.

Que antiguos ministros o presidentes o mindundis salgan de sus puestos políticos, despegados de sus sillones por la fuerza, y caigan en los brazos de las multinacionales de todo pelo que suspiran por sus relaciones y conocimientos “confidenciales”, mediante jugosas contrapartidas económica y sociales, no deja de ser un síntoma más de la podredumbre ética que nos ofrecen a diario estos “servidores” de lo público. Nótese la ironía de las comillas, por favor.

Paco Umbral decía que ningún tonto se recupera de un éxito y eso, más cierto que la teoría de la relatividad de Einstein, otro que confiaba bien poco en la estupidez humana, sumado al principio de Peter, nos lleva a un panorama desolador en el escenario de la política española, aunque también se podría aplicar a otros campos, como las organizaciones religiosas, las organizaciones empresariales, las organizaciones sindicales u otras muchas que cumplen escrupulosamente con esas reglas de destrucción social.

Recuerdo, se pueden contar con los dedos de la mano, un par de nombres que se acercan a lo que considero ejemplos de actitud, aunque no comparta con ellos algunos de sus principios o ideas políticas: Gerardo Iglesias y Manuel Pimentel. Ambos supieron dejar las púrpuras y coronas para volver a sus orígenes como ciudadanos, pero son excepciones a la regla y eso es lo grave.

Incluso en el hipotético caso de que un político fuese honrado, ético y dedicase sus esfuerzos al servicio correcto de sus conciudadanos, logrando mejorar el país o su ámbito de actuación, le pediría que, cumplido un plazo adecuado, diera un paso lateral y dejara que otros ocuparan su puesto. Un gobernante, por más buena voluntad que tenga, no puede estar en todos los detalles, en todas las batallas, en todos los despachos y en todos esos recovecos habrá nidos de cucarachas, trajeadas y encorbatadas, dispuestas a hacer lo que decía un mal recordado y mal político reciente: “yo estoy en política para forrarme”.

Y esas cucarachas sólo pueden desaparecer si los cambios son “reales”, si la política, o cualquier otra actividad pública o privada, se sostiene en la ética y se encamina a la mejora social, dejando de lado corporativismos, partidismos, amiguismos, nepotismo y algunos ismos más, que sólo facilitan la llegada a la cima de aquellos que sólo tienen como mérito el haber sabido estar en el sitio adecuado en el momento adecuado, cepillo en mano y lengua, mirada turbia y conciencia encerrada en una caja fuerte.

E inexorablemente, cumpliendo la regla del principio de Peter, igual que la tostada siempre cae al suelo por la parte untada, van llegando a los puestos clave gente sin ideas claras, sin voluntad de servicio público, que menosprecia al ciudadano reduciéndolo a un número, a una papeleta en la urna de cada cuatro o cinco años, para poder escudarse en grandilocuentes frases, aprendidas de los idearios del marketing partidista, y seguir haciendo aquello que necesitan para perpetuarse, como individuos o como organizaciones, en el poder que les otorgan esos números. Gente mediocre que, como una lepra imparable, contagia todo lo que toca.

Y si los ciudadanos comienzan a ponerse nerviosos, si se reúnen y hablan de los temas que les interesan, si se inician movimientos de repulsa o de denuncia, si se organizan grupos más o menos permanentes de análisis y crítica, para descubrir caminos alternativos o simplemente para evitar injusticias, aunque estén respaldadas por leyes manipuladas por jueces mediocres y desnaturalizados, entonces el poder se enquista y, siendo como son mediocres serviles, utilizan la fuerza y fuerzan las leyes contra esa libertad embrionaria que está naciendo.

Tenemos leyes contra todos los delitos posibles, aunque su aplicación sea en muchos casos para echarse a llorar. Tenemos las cárceles llenas de ladrones de gallinas y los ladrones de millones y millones, los defraudadores que hunden el país en la miseria, los banqueros que inventan productos falsos, y los políticos corruptos los tenemos sentados en sus sillones, bien protegidos por la policía y guardaespaldas en sus fincas y palacetes. Y dicen que la justicia funciona. Naturalmente, para ellos funciona y muy bien.

Y si alguna actividad se había salvado un poco de la mediocridad no debemos preocuparnos, ya están poniendo el parche adecuado para arreglar esa anomalía que tanto daño les está haciendo. Si la constitución, sí, esa que no podía tocarse porque era sagrada, no les acababa de gustar a los mercados financieros, pues nada, se cambian unas frases y ya está, ya tienen garantizadas sus inversiones.

Si los manifestantes molestan demasiado o son demasiado visibles, pues se fuerza la ley o se modifican dos artículos aquí y allá para poder detenerlos con cualquier excusa por abrir la boca, por pedir el número al policía que les amenaza y se les amenaza con penas de cárcel suficientes para ponerlos de inmediato en la prisión preventiva, mientras se fabrican las pruebas ante el juez.

– Oiga, que este perro flauta, aunque usted, Sr. Juez, lo vea escuálido y pequeño, se nos echó encima y comenzó a pegarnos con la cabeza, con su cuerpo, en nuestras defensas, poniendo en peligro nuestras vidas de servidores de la ley.

Si a los ciudadanos les está llegando demasiada información veraz sobre lo que pasa o sobre chanchullos de políticos o empresarios corruptos, o sobre inmoralidades de quienes nos amenazan con infiernos en otras vidas si no nos plegamos a sus exigencias divinas, pues lo tienen fácil. Modifican la ley y se hacen un traje a medida, quito a los periodistas que me pueden estropear la función y coloco a esos mediocres que me han ido adulando, limpiando los mocos, lamiendo el culo o diciéndome lo guapo que soy. Que aquello que hacían los romanos de recordar a los vencedores que eran hombres está muy anticuado.

Y si internet es un medio difícil de controlar al menos le pueden colocar un par de bozales, mientras los ciudadanos críticos se pelean con una comisión de mediocres funcionarios bien adiestrados tendrán que estar callados por miedo a multas y penas de prisión. Cuando lleguen al juzgado y la mayoría de jueces les den la razón ya estarán cansados y se dedicarán a otras cosas. Si vuelven a molestar ya serán reincidentes y podrán pedir más severidad a los tribunales. El tiempo es oro y lo que se gane ganado está, a ver quién les quita luego lo que han conseguido robando y manipulando.

Y llevamos desde la mal llamada transición con esta lacra a cuestas; por miedo a perder no sé qué se permitió que casi todo siguiera igual: que los partidos políticos se hicieran una democracia a su “medida”, para perpetuarse en el poder disimulando libertad de voto; que los tribunales y jueces que habían dictado sentencias en la dictadura siguieran en sus puestos, barnizados por la apariencia de legalidad otorgada por un parlamento acojonado; que los poderes fácticos, grupos empresariales constituidos a la sombra del dictador, se hicieran con el poder económico y social, para frenar cualquier avance social que pusiera en peligro su “modus vivendi”.

Y así seguimos, en una partidocracia podrida, roída por las cucarachas de la mediocridad, con unos políticos que no saben hablar en público, confundiendo términos, diciendo mentiras directamente o manipulando la realidad, dando vergüenza ajena al oírlos, que se contradicen unos a otros dentro de un mismo partido, sea cual sea su signo ideológico, que dejan ver por qué están peleando, que no tiene nada que ver con las necesidades reales de los ciudadanos que los sufrimos, bombardeados por consignas a cual más idiota: “tenemos a la virgen del Rocío como aliada para acabar con el paro”, “mi obligación es estar en Kiev, apoyando a la selección española”, “fa financiación para recapitalizar bancos no computa en deuda ni los intereses a pagar en déficit”, “no sufriríamos ahora esta situación tan grave si hubiéramos ahorrado más en el pasado”… De pena, penita, pena.

Y lo que es más grave, con la mayoría de instituciones públicas abocadas a la misma mediocridad, producto natural del contagio del maldito principio de Peter, el inepto no puede admitir listos a su lado, se rodea de quienes cree, verdad o mentira, menos listos que él.

LISTAS ABIERTAS YA.

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