LO QUE PENSAMOS PERO NO DECIMOS.

Leyendo algunos artículos que estos días se han escrito en referencia al problema griego y sus posible soluciones, el último uno de Beatriz Talegón de Foro Ético, tengo la sensación de que todos nos callamos alguna cosa, como si hubiera un rumor, lejano y algo confuso, por debajo de nuestros pensamientos.

Desde sesudos economistas, famosos analistas políticos, escritores famosos venidos a menos, tertulianos venidos a más, portavoces de toda índole, mercachifles de todo pelaje y manipuladores de tres al cuarto nos están ofreciendo visiones contrapuestas, con toda clase de detalles sin concretar pero teóricamente muy argumentados sobre la situación, sus posibles soluciones y los posibles escenarios resultantes.

Y nosotros, pobres ciudadanos, nos quedamos algo asombrados de que con tanto lumbreras proponiendo soluciones nunca se llegue a ninguna y llevemos años y años dejando que el capitalismo salvaje que domina nuestras sociedades siga su carrera desbocada hasta que se pegue el batacazo final, inevitable y seguro si no se cogen las riendas y se acompasa a la vida -no a la supervivencia- de los pueblos.

Nos parecemos a aquel perro que todos hemos visto alguna vez corriendo en círculos e intentando morderse la cola, no sabemos si por aburrimiento o por alguna cuestión filosófica que sólo el animal conoce. Si nos viéramos desde fuera quizá no estaríamos tan tranquilos dejando que unos pocos vayan acaparando los recursos de todos y el resto -la mayoría- estemos en la misma situación que el perro.

Ayer leí la preocupación del dueño de Cartier por la desaparición de la clase media y su profundo -es una ironía- análisis de quién comprará sus productos si finalmente quedan cuatro “súper-mega-millonarios” y el resto no tendrá medios para ese tipo de lujos. Es de suponer que la preocupación de tan insigne eminencia es compartida por muchos de su clase y será analizada por intelectuales de toda índole en busca de una respuesta que les sea de utilidad, pero siempre de arriba abajo.

Lo más sencillo -es una utopía- sería repartir parte de la riqueza de abajo arriba de manera que no se produjeran situaciones como la temida por el Sr. Cartier, aunque para ello tendrían que conformarse los de arriba con algo menos de dinero y de poder y ahí está el meollo de la cuestión: no quieren eso. Hay fuerzas que prefieren jugar a la ruleta rusa, jugar con el hambre o con las materias primas para ir acumulando cada días más en menos manos y siempre creyendo que esas manos serán las suyas.

Creen que es mejor dejar caer unas migajas a una pequeña parte de la población, comprar a cuantos gobernantes se pongan a tiro, elevar a la categoría de empresarios de éxito a algunos aprovechados y dejar que ellos vayan atemperando al resto de la sociedad en la que viven, para seguir extrayendo la riqueza e invertirla en lo que más les rinda, sin importar si la inversión es productiva o es simple especulación.

A pesar de todo están naciendo, aunque de manera testimonial, proyectos de colaboración diferentes, que buscan la implantación real de la empresa en el ámbito geográfico y personal en la que se instalan, dedicando la mayor parte de sus beneficios a la mejora de la sociedad -personas y naturaleza- y con un retorno al capital más acorde y justo.

Si los nuevos movimientos ciudadanos logran ir tomando lo que les corresponde en las decisiones políticas de sus sociedades y en la elaboración de sus leyes se podrá comenzar a legislar cambiando el fin del beneficio puro y duro por el balance del bien común y de la justicia en la distribución de la riqueza y la igualdad de oportunidades.

Y eso es lo que quizá más temen los que ahora detentan el poder, las multinacionales, los corruptos y los acólitos de ambos. Y por eso dedican sus esfuerzos no a buscar soluciones para todos sino a intentar, con el miedo al conflicto y al perder lo poco que se tiene, detener cualquier cambio social que no dominen ellos. Las frases mil veces escuchadas de “el capital se irá fuera”, “los ricos se marcharán”, “nadie invertirá si no hay beneficios” son sólo falacias, manipulaciones para quienes quieren seguir siendo esclavos.

Si un rico se va y deja un nicho de actividad necesaria otro ocupará su lugar y si un individuo, por aquello de que tiene que pagar impuestos por su fortuna deja de buscar la riqueza, otro lo hará. Lo que tenemos que entender como miembros de una sociedad es que nadie parte de cero, todos somos partícipes de cuantos nos han precedido, del conocimiento acumulado durante siglos y por tanto también debemos sentirnos responsables de cuantos nos rodean en todo momento y lugar.

Quizá es hora de dejar de mirarnos la cola y saludar al vecino por si necesita nuestra ayuda. ¿O somos demasiado cobardes para aceptar que preferimos ser esclavos por tener un poco de algo?

En eso estamos.

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