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¿Todavía no te has dado cuenta?

Parece que todavía hay gente que se cae del guindo. En España nunca ha habido una verdadera democracia ya que la famosa Transición, que nos vendieron como modélica, sólo fue un pacto entre la derecha y las fuerzas políticas emergentes para que no volviera a explotar una guerra civil, bajo la mirada atenta del ejército y con los poderes fácticos del franquismo dispuestos a pactar para sobrevivir y conservar sus poderes.

Y gracias a aquel “cambio para que nada cambie” nos encontramos ahora con los herederos directos de toda aquella casta, distribuidos entre el PP, PSOE, CIU y PNV, Conferencia Episcopal, Opus Dei y CEOE, dominando la política, la economía y el resto de poderes, incluidos organismos de control del Estado.

Por eso hemos tenido avances lentos en temas sociales cuando han gobernado “las izquierdas” y retrocesos, también lentos, cuando gobernaba “la derecha”, hasta que explotó la crisis, mal enfrentada por el gobierno socialista del timorato Zapatero y aprovechada como coartada por el gobierno del mediocre Rajoy para, a las órdenes de sus amos, desmontar a marchas forzadas el relativo estado del bienestar que habíamos conseguido.

Quien quiera confundir la partidocracia que hemos padecido desde 1978 con una verdadera democracia es que no ha se ha detenido demasiado en saber lo que significa esa palabra, tan prostituida por quienes deberían haberla defendido, que han preferido pasar de casta que conservaba sus privilegios a casta extractiva de la sociedad, esquilmando al estado y, por tanto, dejando en la pobreza al resto de ciudadanos mientras ellos, sus familias, sus amigos y sus amos se ven apoderando de la riqueza y preparando “su futuro”.

Votar cada cuatro años y después no disponer de ninguna ley para deshacer el acuerdo si existe engaño o manipulación de parte de los elegidos, que se apoderan de los medios de comunicación para intoxicar y esconder sus robos y corruptelas, logrando que los ciudadanos, borregos mal informados, vuelvan a darles su voto ya sea por convencimiento -el mínimo porcentaje- o por oportunismo -para que no gobierne el “enemigo”-, ya que desde la transición los partidos mayoritarios, apoyados por la ley electoral que se fabricaron a medida, han preferido mantener despierto el eslogan de “las dos Españas”, para tener a sus votantes cautivos y en guardia.

Y gracias a esa estrategia es posible que un partido, con menos votos que en otras ocasiones, debido al enfado de parte del electorado con su opción y su actitud abstencionista, se arrogue la mayoría absoluta en el parlamento, que no en la calle. Y, como se puede colegir de cualquier estudio sociológico, eso sólo lo puede conseguir un partido conservador cuyos votantes no tienen en cuenta la actitud de sus elegidos -si roban o son corruptos o dilapidan la riqueza pública- sino el simple hecho de que no ganen los “contrarios”.

Y en esas estamos, en una falsa democracia, con un partido conservador, sin mayoría de votos pero con mayoría absoluta parlamentaria, que está desmontando y organizando el estado, apropiándose de los tres poderes y amordazando a la prensa gracias a subvenciones y sobornos, para adormecer a los ciudadanos preocupados por sobrevivir y llegar a fin de mes, mientras los ricos se hacen más ricos y siguen dominando en todas las esferas del país.

Y con unos partidos de “izquierda” o socialistas, luchando entre la pérdida de su ideología y la mediocridad de sus nuevos cuadros dirigentes que tampoco saben lo que es democracia o servicio público y empeñados en copiar la actitud de los conservadores que les lleva a despeñarse todavía más de lo que están, enfrentados entre facciones por llegar al poder y conservarlo como sea, sin darse cuenta de que los ciudadanos no van a otorgarles su confianza si no ven una renovación de ideas y de actitudes. Las caras no importan.

Es una pena que nos hayamos merecido esto por no haber sabido luchar por nuestros derechos de ciudadanos libres y nuestro deber de controlar a los políticos que elegimos. Dejamos que los mediocres, meapilas y lameculos llegaran al poder y ahora no podemos echarlos.

Marketing y responsabilidad social.

Leo, con un cierto sobresalto, la definición que el doctor en economía José M. Cubillo hace de lo que es, o debería ser, el marketing: “la satisfacción de las necesidades de las personas”, a través de determinadas técnicas y diversos procesos, con una gran responsabilidad social de cara a establecer y transmitir modelos de valores ideales para liderar la escala de valores “deseables” en nuestras sociedades.
¿Está hablando el Sr. Cubillo de marketing, de economía, de ética, de sociología o está volviendo, consciente o inconscientemente, a marear la perdiz en pos de una autodefensa de lo que le da de comer y de lo que realmente están enseñando casi todas las escuelas de negocios y universidades económicas del mundo? Parece muy complicado no pensar mal ante esas opiniones tan recargadas de buenas intenciones y de pocas realidades.
Por un lado asistimos al espectáculo de la lucha entre escuelas de negocios por ser las mejores, las excelentes, las que más líderes añaden a su colección de ex-alumnos, futuros votantes que las pueden situar en los primeros puestos de las listas de éxitos, en una retroalimentación que, como poco, parece poco ética, con unos valores que no suelen ser los de la solidaridad y la cooperación.
Por otro lado vamos conociendo, quien quiera datos lo tiene fácil hoy día, nuevas técnicas de marketing que se apoyan en otras “artes” como la música, los olores, la ambientación, la fisiología de los compradores, la medicina (neuro-marketing), que, contra lo que parece decir el Sr. Cubillo, buscan minimizar el coste de la venta de productos para llegar con más rapidez a sus “destinatarios”.
Aunque pueda ser coincidencia, como en las novelas y películas, en una primera impresión parece que no se busca “satisfacer la necesidad de las personas” sino “crear” una determinada necesidad en las personas, precisamente la necesidad de los productos que el fabricante pone delante del especialista en marketing para que le ayude a venderlos. Alguna cosa no cuadra pues en lo de la importancia del marketing en la responsabilidad social, a menos que sean aspectos puramente tangenciales, no causales sino casuales.
Hace unos días estuve escuchando, por segunda vez, a Christian Felber, promotor de la Economía del Bien Común, mientras desgranaba los principios de su movimiento, en favor de sustituir la finalidad del beneficio –lucro continuo- por la finalidad del bien común de la sociedad en todas las empresas que se nutren, de una u otra forma, de la misma. Una utopía que puede ser ilusionante y que, por ahora, se está llevando a cabo casi como un experimento de laboratorio, con más intenciones que realidades.
Pero creo que, a diferencia de lo que intenta el Sr. Cubillo al defender con tanto ahínco al marketing para convertirlo en “positivo”, el intento del BBC tiene muchísima más verdad e ilusión, por pequeña que sea su realidad, que el inmenso montaje mundial que economistas y políticos –monta tanto, tanto monta- han armado para tener mercado para sus productos.
En unos momentos en que los políticos y sus acólitos, ya sean economistas, abogados o cualquier otro tipo de profesionales, intentan vendernos sus “logros” aparentes y mediocres, mediante la subversión y a manipulación del lenguaje, la neo lengua, hemos de recordar lo que nuestros abuelos nos decían: aunque la mona se vista de seda, mona se queda.