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Los años de la marmota…

Esta mañana, tras varios días de noticias sobre corrupción pura y dura, sobre parlamento que aprueba “leyes no de ley” -es un decir-, ministros, fiscales y jueces que mienten sin pudor aunque sean reprobados por el parlamento y empresarios que han vivido desde la dictadura a caballo de políticos y funcionarios que “miran a otro lado”, como dice nuestro inefable presidente de gobierno, procrastinador y plasmático total, he querido releer algo de hace unos años y, joder, no sólo no hemos logrado avanzar para conseguir algo de “democracia real” sino que estamos retrocediendo como los cangrejos.

Aquí lo que escribía hace un par de años:

Hay un refrán que dice: “a río revuelto, ganancia de pescadores”, por aquello de que los peces están más ocupados en sobrevivir a los vaivenes del agua que en vigilar a sus depredadores humanos. Y en estas semanas que han pasado desde las elecciones del 24 de mayo las aguas de la política bajan mareadas y con un color parduzco de tanta intriga, incoherencia, triunfalismos idiotas y ataques furibundos contra la decisión de los votos. 

Eso sí, todos se lamentan por alguna cosa, por activa o por pasiva, por los votos perdidos o por los que han tenido otros, por los pactos que les apean de sus sillones o por los pactos que elevan a los considerados enemigos. Y muchos de ellos demuestran su ignorancia de lo que es democracia y su contumacia en no aceptar lo que los ciudadanos han demostrado con su voto.

 Es sintomático escuchar a un político diciendo que “los perdedores” le han echado de la alcaldía o del gobierno autonómico, al no obtener mayoría absoluta, sin pensar, eso debe causar dolor de cabeza, que la democracia es precisamente eso, pactar y formar gobiernos plurales que representen al mayor número de ciudadanos. Para ellos eso debe ser chino, el poder es suyo y todo lo demás son cuentos de revolucionarios o radicales.

Parece que quieren hacer realidad las frases que escribía, cuando todavía entendía su propia letra, Rajoy allá por el año 83 y 84, al querer probar lo de que “los hijos de “buena estirpe” superaban a los demás en razón de su mejor herencia genética” y que por tanto los radicales que han recibido el voto de sus conciudadanos no se merecen gobernar ni estar en política. 

Cuesta no extrañarse ante los ataques, a veces tan vomitivos o indecentes como los protagonizados por algunos medios de comunicación, con La Razón a la cabeza y algunos periodistas y tertulianos como Inda o Marhuenda, paradigmas de lo que nunca debe ser una persona, lanzados contra gobiernos que no llevan más que unos días en marcha pero a los que se quiere juzgar como si llevaran años.

Causa estupefacción que empresarios, es un decir, aupados a sus cargos gracias al dedo de amigos y colegas, ignorantes de la historia y de otras muchas cosas, quieran dar lecciones de ética y de cómo han de hacerse las cosas en la vida política, casi amenazando con la catástrofe si los ciudadanos no votamos lo que ellos consideran “bueno para la estabilidad”.

Uno se queda patidifuso al observar a economistas de todo pelaje y condición tirarse los números y las estadísticas casi a la cabeza, defendiendo ideas contrapuestas, todas ellas muy sesudas y argumentadas con informes rimbombantes y títulos larguísimos. Y si la mayoría de ellos se han equivocado en numerosas ocasiones en el pasado ya se encargan de disimularlo en retahílas de excusas y condicionamientos. 

Para ocultar malas noticias, corruptelas y traiciones se llevan a primera página, con la aquiescencia y ayuda de lameculos y aplaudidores, episodios pasados de deslices, voluntarios o involuntarios, fuera de contexto y de tiempo, de personas que han de ocupar el espacio público que otros han creído siempre que les pertenece por clase o nacimiento. 

Y los formadores de opinión, reales o imaginarios, se lanzan como perros a las discusiones bizantinas de ética, honestidad y decencia, sin caer en la cuenta de que quienes les azuzan y normalmente les pagan sus servicios ni tienen ni quieren ética, honestidad o decencia. Sólo quieren seguir manejando el poder que no han dejado de tener en las manos desde hace muchas décadas.

Los ciudadanos andamos como pollo sin cabeza, unos ignorantes por naturaleza, otros ignorantes por ideología, otros ignorantes por decisión o interés, otros ignorantes por manipulaciones y otros ignorantes porque preferimos seguir teniendo lo poco que tenemos por miedo a perder algo más. Y con eso cuentan quienes revuelven las aguas.

Molesta mucho a las clases “privilegiadas” que personas “normales” se dediquen a pisarles el terreno, Umberto Eco protesta de los que escriben en redes sociales, Vargas Llosa se cree en poder de la verdad en todos los terrenos que toca, Pilar Rahola pone a parir, sin ton ni son, a quienes sostienen tesis contrarias a las suyas -en su artículo de hoy en la Vanguardia se supera en tontería con tal de seguir defendiéndose ella misma-, Marhuenda sigue recalcando cada vez que habla que él es jurista y profesor y por tanto los demás tienen que callar y escucharle con devoción, sin caer en la cuenta de que cada vez que se define así dejar por los suelos una y otra actividad.

Y seguiría enumerando ejemplos parecidos, pero me cansa recordar tanta tontería, tanta manipulación y tantas declaraciones de gente sin escrúpulos ni conciencia que bajo sus títulos de tal o cual profesión sólo esconden sus miedos y su soberbia.

Los ciudadanos tenemos que ser críticos y valientes y no dejar que nos sigan tomando por tontos y esclavos.

No he tocado ni una coma y sin embargo es como si lo hubiera escrito esta mañana, a excepción de la referencia al artículo de P. Rahola en la Vanguardia.

Estoy por irme al médico y que me dé la baja de España por depresión… Ahhhh, que no puedo, soy autónomo.

CREE EL LADRÓN QUE TODOS SON DE SU CONDICIÓN…

Antes de parecer mal educado o políticamente incorrecto quiero dejar claro un aspecto fundamental: respeto a todas las personas, siempre que se comporten como tales, no aquellas que son animales irracionales, que de haberlas hay las aunque se escuden en falsos argumentos de ideologías o religiones.

Pero no tengo por qué respetar ni sus ideas ni sus actos, siendo libre para argumentar en contra o, si creo que lo merecen -y eso es algo en lo que cualquiera puede rebatirme si lo desea- adjetivarlas como malas, tontas, idiotas, descabelladas, manipulaciones, mentiras, etc. Para eso estamos “teóricamente” en una democracia y digo “teóricamente” porque creo firmemente que no lo estamos realmente.

La partidocracia -con partidos que son máquinas de corrupción y mediocridad, cada vez más acusada en sus supuestos líderes- nos ha otorgado la categoría de “sirvientes” que sólo podemos sentarnos a su mesa un día cada cuatro años y sólo con el objetivo de servirles el plato para otra temporada en la que ellos seguirán salvándonos de peligros y trampas.

Dado el aviso voy a lo que quiero decir: desde las últimas elecciones generales estamos asistiendo a dos espectáculos casi gemelos en dos ámbitos que parecen muy diferentes pero que en realidad conforman una misma realidad: la España surgida de una falsa transición de la dictadura a la democracia, maquillada por sus actores como “modélica”. ¡Y una m… ¡

Por un lado tenemos a nuestros políticos profesionales de siempre, muchos herederos de familias del franquismo o de sus aledaños, con algunos que desde Suresnes se han ido dando la vuelta hasta aparecer casi en las antípodas de lo que decían defender, aunque siempre lo hicieran mal, tarde y con importantes lagunas que son incomprensibles si se analizan desde una actitud crítica equilibrada.

Por supuesto que alguna cosa hicieron bien, unos y otros, pero eso queda empantanado por el pozo de corrupción, entreguismo y traición en que nos han metido a todos los españoles y cuando quieren defenderse con esos buenos actos como argumentos hay que recordarles que para eso fueron votados y encumbrados al poder, ésa era su obligación y su responsabilidad.

Pero la mediocridad a la que nos han entregado los partidos políticos está cristalizando en las formas y en las declaraciones de estos últimos días: cruce de acusaciones en las que los corruptos, los mentirosos, los vividores, los ladrones y los lameculos acusan a los demás de sus propios defectos y formas de vivir, extendiendo la mierda incluso a los recién llegados, a aquellos que todavía no han tenido que legislar o ejercer el poder, con la única finalidad de ponerlos a su nivel, para así poder “ganarles” por experiencia o seguir manipulando a los ciudadanos con lo de “todos son igual”, aunque el ejemplo de corrupción y mal uso del poder lo hayan dado ellos. No importa ser mierda si enmierdan a los demás.

Unos, Rajoy y Sánchez, cobardes en extremo, mediocres en lo político y casi sin ideas ni principios éticos, se dejan llevar por quienes les dirigen o quienes tienen influencia en sus decisiones. Ambos esperando que sus contrarios se despeñen o que ocurra un milagro que les permita auparse, sin ningún merecimiento, al poder.

Otros vigilando sus intereses, agazapados en pieles de cordero que en cuanto tienen poder para cambiar algo prefieren aportar “sostenibilidad” o “gobernabilidad”, pactando ora con unos, ora con otros, pero siempre con aquellos que detentan el poder y, a la postre, sin conseguir más que cambios cosméticos y sin importancia real para la ciudadanía.

Y los recién llegados, con menos de dos años de circulación, se han lanzado a tal velocidad que pueden pegarse más golpes de los que resistirán sus endebles estructuras, cometiendo deslices de aprendiz que los demás aprovechan como argumento para el “todos son iguales” que se creen quienes no les han votado y dejan a quienes les han dado su confianza con el temor de que hablan antes de pensar bien lo que van a decir.

Y por otro lado tenemos a la mayoría de medios de comunicación, dominados por el capital – esa bestia parda, confusa, intangible, desconocida para casi todos, oscura y temida- que nadie conoce realmente pero que está detrás del tinglado, haciendo el trabajo que le han encomendado.

Acabo de leer varios diarios nacionales y la idea que me ha venido a la cabeza es ver a un ejército de leñadores talando árboles para convertirlos en papel y que este papel, vendido o regalado, por aquellos de las subvenciones públicas, a algunas empresas se convierte en mierda lanzada contra sus lectores.

Muchos de esos lectores, cogidos por sorpresa, ignorancia o inocencia, se dejarán influir por las opiniones interesadas, por las mentiras o por las manipulaciones que les ofrecen en bandeja, sin tener ni tiempo ni conocimientos para separar la paja del grano, la información de la desinformación o la verdad de la mentira. Siempre queda algo.

Hoy, por citar un ejemplo, he leído algo de un “LOBO FEROZ”, que en lugar de un lobo parecen ser las elucubraciones de Caperucita, pero Caperucita paleta, ignorante, mentirosa, que en lugar de haber dedicado su tiempo a crecer como persona se ha dedicado a flirtear con el lobo, a perder el tiempo con marujeos y simplezas. Y sólo le doy la razón en su último párrafo, cuando amenaza con no seguir escribiendo, por favor ¡sea valiente y retírese! Los árboles se lo agradecerán y nuestros estómagos también…

Pocos artículos se salvan de la quema, incluso algunos con faltas de ortografía e incluso con palabras inventadas o mal utilizadas, como si esos periodistas mediocres y esos diarios, con capitales enormes, no dispusieran de un simple diccionario o corrector de estilo.  De pena.

¡Y encima uno presenta a Guindos como salvador de España!

La de disparates que se tienen que leer y escuchar hoy en día.

¿Sueñan los malos políticos con ovejas eléctricas?

Parece que nuestros políticos, los profesionales, los que quieren vivir siempre “sirviendo” a sus conciudadanos -vividores de la mentira y la manipulación- se están dando cuenta de que pueden perder las riendas del poder y lo mullido de sus sillones, temiendo que la gente despierte del letargo y se ponga a pensar un poco.

A los partidos políticos “tradicionales”, los que ellos llaman responsables y con “sentido de estado”, se les está acabando el granero de votantes ignorantes, irreflexivos o manipulados. Conforme la edad va retirando un par de generaciones que todavía piensan en rojo y azul, en descamisados y gente de bien, en comunistas y buenos patriotas, surgen movimientos que aglutinan, cada vez con más fuerza, a personas que quieren participar en la toma de decisiones “políticas” de manera continua, sin la trampa de “se participa votando cada cuatro años”.

Y, al igual que las religiones, la política profesional, encorsetada por leyes y constituciones, dogmas y normas de toda índole, dominada por vividores, corruptos y sinvergüenzas, siempre por encima de las personas y con el único objetivo de servir a sus propios intereses, tiene que ser un instrumento al servicio de los ciudadanos para mejorar su vida y permitir un desarrollo sostenible y equitativo, limando desigualdades y permitiendo la evolución de ideas y personas.

Y como en todo cambio profundo los que tienen más que perder son los que más resistencia ofrecen, enmascarando sus carencias éticas e intelectuales en las ideas, eternas e inamovibles, de patria y dios, ya sea religioso, de poder o de dinero. Y cuanto más hablan de “aldeas globales” más cierran sus mentes a nuevas formas de participación política,  a nuevas formas de organización geográfica o de afinidades para lograr proyectos en distintos ámbitos.

Da grima escuchar a políticos mediocres disertando sobre diálogo y marcando a continuación “líneas rojas” que, curiosamente, son los proyectos de aquellos con los que se quieren dialogar. Me recuerdan, con las obvias diferencias, a los fundamentalistas de la inquisición -los hay a miles hoy en día en las iglesias, mezquitas, sinagogas y en los parlamentos- que lograban declaraciones, retractos y conversiones a base de torturas infames, contrarias a su fe y a su dios pero conformes con su miseria interior, y a continuación quemaban o mataban a sus víctimas para “purificarlas”.

Y lo peor es que consiguen réditos con sus continuas diarreas mentales, consiguiendo que mentes empequeñecidas, ignorantes y poco críticas se acerquen a sus posiciones no porque estén de acuerdo con lo que dicen sino por aquello de que el estómago puede más que la cabeza y el miedo a perder lo poco que les han dejado tener: el piso hipotecado, el coche, las míseras vacaciones y, si es posible, el apartamento en la playa o en la montaña. Son sus “ovejas eléctricas”, sus fieles servidores a quienes no les importa que les roben mientras les dejen con las migajas que tienen en las manos.

Y manipulan hablando de “romper España” si alguien está de acuerdo e preguntar a los catalanes, o a cualquier otra región, qué quieren exactamente, para, una vez sabido, poner remedio a las causas que han convertido la convivencia en un problema. Parece que se dan por vencidos antes de luchar por conservar lo que quieren conservar, prefieren no saber para poder seguir elucubrando. Para ellos es mejor que los españoles no sepan cuántos ciudadanos de otras regiones están en desacuerdo y así pueden hablar de “mayorías silenciosas” que apoyan sus ideas pero sin consultar a esas mayorías, no se diera el caso de que la realidad les dejara al descubierto como lo que son realmente: canallas sin ética ni respeto por el “pueblo llano”, que gobiernan o quieren gobernar para beneficiar a sus amos, colegas y amiguetes.

Y manipulan pontificando sobre la “superioridad” de la constitución y leyes, cuando deberían saber que toda ley es temporal y debe ser perfeccionada de manera continua para poder responder a los cambios sociales y tecnológicos que se producen en la vida de pueblos y sociedades. Nunca la ley por encima de la justicia y de las personas. Aunque visto cómo manejan jueces y tribunales quedan pocas esperanzas de que estos mediocres y corruptos lleguen a entender los conceptos reales de democracia, justicia y bien común.

Y así pueden aguantar, como si fueran insustituibles, unos mediocres que se han criado en las estructuras de los partidos políticos surgidos al amparo de la transición, que han crecido aplaudiendo a otros mediocres que estaban por encima de ellos, riendo sus pocas gracias, alabando sus tonterías, clavando cuchillos a sus propios “amigos” y escalando con uñas y dientes en los pozos de corrupción de los que no quieren salir: Rajoy, Arenas, Cospedal, González, Sánchez, Susana Díaz, Luna, Rato, Pons, Trillo, Bárcenas, Aguirre, Granados y un sin fin de nombres que pueblan los organigramas de todos los partidos que nos han gobernado o intentado gobernar en estos últimos casi 40 años.

¿Tenemos como sociedad los gobernantes que merecemos?  Es una pena pero todo parece indicar que sí.

¿QUIÉN QUIERE DIVIDIR Y POR QUÉ?

Están aumentando, ya que nunca han dejado de estar presentes, los intentos de individuos, grupos de opinión, grupos de presión y grupos políticos por dividir a los ciudadanos en buenos españoles, malos españoles y, según alguna eminencia de no sé qué ciencia, en mucho españoles. Ésta última definición supera en mucho mis conocimientos, debe ser algo como el famoso gato que nadie sabe si está vivo o muerto, así que voy a dejarla aparte, no sea que nos contamine cualquier argumento mínimamente válido.

Durante muchos años, desde los inicios de la dictadura del franquismo, los que intentaban romper España y liquidar a una parte de sus habitantes eran los “rojos, comunistas y masones”, luego se atemperó algo el tema y ya eran los “rojos y los de la ETA”, más adelante sólo algunos pequeños grupos de extrema derecha, apoyados en la sombra por la derecha de toda la vida, debidamente camuflada, se atrevieron a seguir usando contra la izquierda de cualquier clase la intención de romper el país, ampliándolo poco a poco a los nacionalismos vasco y catalán.

A los socialistas, aún no reconvertidos en lo que es ahora el PSOE, a los diversos “izquierdismos” y a los comunistas no les causaba preocupación el que España se pudiera romper, entregadas sus estructuras al proyecto de recuperar para los ciudadanos las libertades e instituciones que nos habían arrebatado y que, a partir de 1978, creyeron haber conseguido, sin caer en la cuenta de que habían renunciado a gran parte de lo que querían alcanzar.

Los dos grandes partidos políticos o tendencias mayoritarias en la derecha y en la izquierda, no entremos en más concreciones, pactaron leyes e instituciones como si tuvieran que durar mil años, unos para perpetuar su condición de privilegio y otros para no volver a una dictadura potencialmente viva. Las buenas intenciones, si las hubo, acabaron en una democracia representativa muy limitada, con una monarquía impuesta por el franquismo y apoyada en dos partidos con fuerte estructura piramidal no democrática o falsamente democrática.

No pueden negarse los avances de la sociedad española en temas económicos y sociales, siempre menos de los reclamados, en las últimas décadas, gracias a períodos de bonanza económica -local o global- y con retrocesos en los momentos de crisis internas o externas. A todas las crisis han seguido tiempos de expansión y recuperación y los gobiernos existentes aprovecharon los recursos a su disposición con mayor o menor eficacia y, por desgracia, al no disponer de una democracia real fallaron los pocos instrumentos de control existentes, dando lugar a corrupciones generalizadas, grandes o pequeñas, que, hasta hace poco, eran contempladas casi como espectáculos exóticos o casuales.

Al disponer los gobiernos, de cualquier clase o partido, de mecanismos de ocultación, silenciamiento de los medios de comunicación mayoritarios y una endogamia entre clase política, clase económica y poder judicial, los escándalos eran poco visibles y los pocos juicios acabaron en sentencias neutras o escasamente ejemplares.

En los últimos años de gobierno de Felipe González, -quién te ha visto y quién te ve- los medios de comunicación, por intereses de sus propietarios y grupos de presión, nos fueron presentando, cada vez en mayor medida, la cantidad de chanchullos y robos cometidos o en marcha y ese aumento ya ha sido imparable hasta el presente, para regocijo de unos u otros y desgracia para la mayoría de ciudadanos, paganos en última instancia de tanto despilfarro y tanta ineptitud.

Pero no ha sido hasta hace unos años, con la entrada en escena de los herederos de Aznar, cuando ha vuelto a aparecer el fantasma de la división, lo de españoles de bien que votan lo que quiere el voceras de turno, lo de las mayorías silenciosas como argumento político -manipula que algo queda- de tal o cual idea. Hemos vuelto a escuchar lo de “que vienen los radicales”, se cambia el rojo por el morado, los comunistas por los chavistas y la masonería por el populismo. ¡Quieren obtener el poder para destruir la civilización democrática occidental!

Y no hemos de pensar mucho para darnos cuenta de quién y qué grupos están intentando que cale el mensaje entre la población: el PP por un lado con voceros mediocres, ineptos y vividores de la teta pública por más que se definan liberales de pura cepa, banqueros puestos a dedo por sus antiguos amigos, empresarios enchufados en grandes empresas otrora públicas, directores de organismos públicos, algunas organizaciones orquestadas ideológicamente en la órbita de la derecha y grandes fortunas que prefieren quedar a la sombra.

Entre los partidos políticos restantes llama la atención la actitud cambiante del socialismo oficial, preso entre ideología y pragmatismo, llamando a rebato contra nuevas formas de participación política en unos momentos y presentándose como salvador de la regeneración en otros. Sería curioso si no hubiéramos sido testigo de sus malabarismos para conseguir el poder de cualquier forma y hasta de sus desvaríos triunfalistas en las últimas elecciones.

Y a vista de pájaro la situación parece clara: tanto unos como otros tienen miedo de que sean los ciudadanos, sin estar bajo las siglas de la derecha o de la izquierda o de centro, fuera de los partidos con estructuras piramidales pretendidamente demócratas, quienes tengan en sus manos el poder de decisión sobre sus derechos y deberes. Quienes sean propietarios de su presente y su futuro y quieran ejecutar los proyectos que la sociedad necesita para seguir existiendo con igualdad de oportunidades para todos.

Y siguiendo uno de mis frases favoritas -no sé de quién es- “no bajes a discutir con un idiota a su nivel, allí te ganará por experiencia” creo que los ciudadanos que participamos o queremos participar en la mejora de las instituciones y de la democracia hemos de negarnos a jugar con sus reglas, a dejar de discutir para defendernos de ataques injustificados y dedicarnos a lo positivo, a los proyectos que valen la pena.

Cuando se cansen de gritar, que se vayan a su casa.

LO QUE PENSAMOS PERO NO DECIMOS.

Leyendo algunos artículos que estos días se han escrito en referencia al problema griego y sus posible soluciones, el último uno de Beatriz Talegón de Foro Ético, tengo la sensación de que todos nos callamos alguna cosa, como si hubiera un rumor, lejano y algo confuso, por debajo de nuestros pensamientos.

Desde sesudos economistas, famosos analistas políticos, escritores famosos venidos a menos, tertulianos venidos a más, portavoces de toda índole, mercachifles de todo pelaje y manipuladores de tres al cuarto nos están ofreciendo visiones contrapuestas, con toda clase de detalles sin concretar pero teóricamente muy argumentados sobre la situación, sus posibles soluciones y los posibles escenarios resultantes.

Y nosotros, pobres ciudadanos, nos quedamos algo asombrados de que con tanto lumbreras proponiendo soluciones nunca se llegue a ninguna y llevemos años y años dejando que el capitalismo salvaje que domina nuestras sociedades siga su carrera desbocada hasta que se pegue el batacazo final, inevitable y seguro si no se cogen las riendas y se acompasa a la vida -no a la supervivencia- de los pueblos.

Nos parecemos a aquel perro que todos hemos visto alguna vez corriendo en círculos e intentando morderse la cola, no sabemos si por aburrimiento o por alguna cuestión filosófica que sólo el animal conoce. Si nos viéramos desde fuera quizá no estaríamos tan tranquilos dejando que unos pocos vayan acaparando los recursos de todos y el resto -la mayoría- estemos en la misma situación que el perro.

Ayer leí la preocupación del dueño de Cartier por la desaparición de la clase media y su profundo -es una ironía- análisis de quién comprará sus productos si finalmente quedan cuatro “súper-mega-millonarios” y el resto no tendrá medios para ese tipo de lujos. Es de suponer que la preocupación de tan insigne eminencia es compartida por muchos de su clase y será analizada por intelectuales de toda índole en busca de una respuesta que les sea de utilidad, pero siempre de arriba abajo.

Lo más sencillo -es una utopía- sería repartir parte de la riqueza de abajo arriba de manera que no se produjeran situaciones como la temida por el Sr. Cartier, aunque para ello tendrían que conformarse los de arriba con algo menos de dinero y de poder y ahí está el meollo de la cuestión: no quieren eso. Hay fuerzas que prefieren jugar a la ruleta rusa, jugar con el hambre o con las materias primas para ir acumulando cada días más en menos manos y siempre creyendo que esas manos serán las suyas.

Creen que es mejor dejar caer unas migajas a una pequeña parte de la población, comprar a cuantos gobernantes se pongan a tiro, elevar a la categoría de empresarios de éxito a algunos aprovechados y dejar que ellos vayan atemperando al resto de la sociedad en la que viven, para seguir extrayendo la riqueza e invertirla en lo que más les rinda, sin importar si la inversión es productiva o es simple especulación.

A pesar de todo están naciendo, aunque de manera testimonial, proyectos de colaboración diferentes, que buscan la implantación real de la empresa en el ámbito geográfico y personal en la que se instalan, dedicando la mayor parte de sus beneficios a la mejora de la sociedad -personas y naturaleza- y con un retorno al capital más acorde y justo.

Si los nuevos movimientos ciudadanos logran ir tomando lo que les corresponde en las decisiones políticas de sus sociedades y en la elaboración de sus leyes se podrá comenzar a legislar cambiando el fin del beneficio puro y duro por el balance del bien común y de la justicia en la distribución de la riqueza y la igualdad de oportunidades.

Y eso es lo que quizá más temen los que ahora detentan el poder, las multinacionales, los corruptos y los acólitos de ambos. Y por eso dedican sus esfuerzos no a buscar soluciones para todos sino a intentar, con el miedo al conflicto y al perder lo poco que se tiene, detener cualquier cambio social que no dominen ellos. Las frases mil veces escuchadas de “el capital se irá fuera”, “los ricos se marcharán”, “nadie invertirá si no hay beneficios” son sólo falacias, manipulaciones para quienes quieren seguir siendo esclavos.

Si un rico se va y deja un nicho de actividad necesaria otro ocupará su lugar y si un individuo, por aquello de que tiene que pagar impuestos por su fortuna deja de buscar la riqueza, otro lo hará. Lo que tenemos que entender como miembros de una sociedad es que nadie parte de cero, todos somos partícipes de cuantos nos han precedido, del conocimiento acumulado durante siglos y por tanto también debemos sentirnos responsables de cuantos nos rodean en todo momento y lugar.

Quizá es hora de dejar de mirarnos la cola y saludar al vecino por si necesita nuestra ayuda. ¿O somos demasiado cobardes para aceptar que preferimos ser esclavos por tener un poco de algo?

En eso estamos.

EN RÍO REVUELTO…

Hay un refrán que dice: “a río revuelto, ganancia de pescadores”, por aquello de que los peces están más ocupados en sobrevivir a los vaivenes del agua que en vigilar a sus depredadores humanos. Y en estas semanas que han pasado desde las elecciones del 24 de mayo las aguas de la política bajan mareadas y con un color parduzco de tanta intriga, incoherencia, triunfalismos idiotas y ataques furibundos contra la decisión de los votos.

Eso sí, todos se lamentan por alguna cosa, por activa o por pasiva, por los votos perdidos o por los que han tenido otros, por los pactos que les apean de sus sillones o por los pactos que elevan a los considerados enemigos. Y muchos de ellos demuestran su ignorancia de lo que es democracia y su contumacia en no aceptar lo que los ciudadanos han demostrado con su voto.

Es sintomático escuchar a un político diciendo que “los perdedores” le han echado de la alcaldía o del gobierno autonómico, al no obtener mayoría absoluta, sin pensar, eso debe causar dolor de cabeza, que la democracia es precisamente eso, pactar y formar gobiernos plurales que representen al mayor número de ciudadanos. Para ellos eso debe ser chino, el poder es suyo y todo lo demás son cuentos de revolucionarios o radicales.

Parece que quieren hacer realidad las frases que escribía, cuando todavía entendía su propia letra, Rajoy allá por el año 83 y 84, al querer probar lo de que “los hijos de “buena estirpe” superaban a los demás en razón de su mejor herencia genética” y que por tanto los radicales que han recibido el voto de sus conciudadanos no se merecen gobernar ni estar en política.

Cuesta no extrañarse ante los ataques, a veces tan vomitivos o indecentes como los protagonizados por algunos medios de comunicación, con La Razón a la cabeza y algunos periodistas y tertulianos como Inda o Marhuenda, paradigmas de lo que nunca debe ser una persona, lanzados contra gobiernos que no llevan más que unos días en marcha pero a los que se quiere juzgar como si llevaran años.

Causa estupefacción que empresarios, es un decir, aupados a sus cargos gracias al dedo de amigos y colegas, ignorantes de la historia y de otras muchas cosas, quieran dar lecciones de ética y de cómo han de hacerse las cosas en la vida política, casi amenazando con la catástrofe si los ciudadanos no votamos lo que ellos consideran “bueno para la estabilidad”.

Uno se queda patidifuso al observar a economistas de todo pelaje y condición tirarse los números y las estadísticas casi a la cabeza, defendiendo ideas contrapuestas, todas ellas muy sesudas y argumentadas con informes rimbombantes y títulos larguísimos. Y si la mayoría de ellos se han equivocado en numerosas ocasiones en el pasado ya se encargan de disimularlo en retahílas de excusas y condicionamientos.

Para ocultar malas noticias, corruptelas y traiciones se llevan a primera página, con la aquiescencia y ayuda de lameculos y aplaudidores, episodios pasados de deslices, voluntarios o involuntarios, fuera de contexto y de tiempo, de personas que han de ocupar el espacio público que otros han creído siempre que les pertenece por clase o nacimiento.

Y los formadores de opinión, reales o imaginarios, se lanzan como perros a las discusiones bizantinas de ética, honestidad y decencia, sin caer en la cuenta de que quienes les azuzan y normalmente les pagan sus servicios ni tienen ni quieren ética, honestidad o decencia. Sólo quieren seguir manejando el poder que no han dejado de tener en las manos desde hace muchas décadas.

Los ciudadanos andamos como pollo sin cabeza, unos ignorantes por naturaleza, otros ignorantes por ideología, otros ignorantes por decisión o interés, otros ignorantes por manipulaciones y otros ignorantes porque preferimos seguir teniendo lo poco que tenemos por miedo a perder algo más. Y con eso cuentan quienes revuelven las aguas.

Molesta mucho a las clases “privilegiadas” que personas “normales” se dediquen a pisarles el terreno, Umberto Eco protesta de los que escriben en redes sociales, Vargas Llosa se cree en poder de la verdad en todos los terrenos que toca, Pilar Rahola pone a parir, sin ton ni son, a quienes sostienen tesis contrarias a las suyas -en su artículo de hoy en la Vanguardia se supera en tontería con tal de seguir defendiéndose ella misma-, Marhuenda sigue recalcando cada vez que habla que él es jurista y profesor y por tanto los demás tienen que callar y escucharle con devoción, sin caer en la cuenta de que cada vez que se define así dejar por los suelos una y otra actividad.

Y seguiría enumerando ejemplos parecidos, pero me cansa recordar tanta tontería, tanta manipulación y tantas declaraciones de gente sin escrúpulos ni conciencia que bajo sus títulos de tal o cual profesión sólo esconden sus miedos y su soberbia.

Los ciudadanos tenemos que ser críticos y valientes y no dejar que nos sigan tomando por tontos y esclavos.

RAHOLA, AGUADO, DECIDME DE QUÉ PRESUMIS…

El tema sigue y sigue y sigue, como esas pilas en cuyo anuncio salía un conejito saltarín y de eterno movimiento y, como es previsible, se van apuntando al linchamiento gente que más les valdría estar callados, como nuestra inefable Sra. Rahola, que nos regala un infumable artículo -hay que ver a qué bajezas llega uno por unos cuando miles de euros- en la Vanguardia de hoy.

Hoy no tocaba hablar de Rahola, pero es que su aportación al tema ha sido tan burda como la entrada de un elefante en una cacharrería, tirando de todos los tópicos habidos y por haber, generalizando sus pobres ideas y miedos y dando por sentado, aquí casi entronca con Marhuenda e Inda, otros dos magníficos ejemplares de mediocridades con piernas, que lo que ella llama “izquierda” en Ahora Madrid ya ha demostrado que protege a los suyos aunque sean malhechores al haberse hecho eco de algunos chistes inoportunos en el contexto de una conversación precisamente sobre los límites del humor negro.

No importa que el sujeto a linchar sea persona bastante ejemplar en su vida, haya dado explicaciones sobre los hechos juzgados, pedido mil perdones a toda persona que haya podido sentirse ofendida y haya dejado su puesto en la concejalía de cultura, no, la Sra. Rahola, autonombrada como ejemplo de virtudes privadas y públicas, se ha ofendido más que los mismos sujetos de los chistes y no está dispuesta a dejar pasar la ocasión para darnos lecciones de lo que ni sabe ni quiere saber: ética, honestidad y coherencia política.

Igualito que el Sr. Aguado de Ciudadanos, que sigue poniendo el listón en las nubes para Ahora Madrid y Podemos y a nivel del mar para sí mismo y sus colegas de partido. Los del PP tienen su vara de medir propia: para unos en las nubes y para los suyos en la fosa de las Aleutianas. Parece que Ciudadanos está pactando ayuntamientos y comunidades con los arcángeles, cuando éstos le firman un papelito diciendo que cumplirán, si es posible y se da la conjunción de astros adecuada, una serie de condiciones, sin caer en la cuenta de la cantidad de imputados y ladrones confesos que se esconden en las listas que apoyan.

Y sin tener en cuenta las propias deficiencias con listas electorales que han tenido que manosear, esconder y anular y con concejales electos a los que están ya comenzando a amenazar con expulsiones y juicios por haberse distanciado de las órdenes de su joven líder. Eso sin mencionar algunos casos anteriores, como el del Sr. Jordi Cañas, imputado por un “tema privado” ocurrido un año antes de entrar en Ciudadanos y que tras dimitir fue colocado como asesor del parlamento europeo. Lo del Sr. Zapata parece que es mucho peor que un delito probado y merece un castigo ejemplar.

Volviendo al artículo de la Sra. Rahola, ya tiene claro la muchacha -ella es casi adivina por más que acierte poco- que la Sra. Carmena, alcaldesa de Madrid, es casi una inútil “de digestión lenta” y que “resulta preocupante que haya tardado tanto” en resolver la dimisión del Sr. Zapata. Parece que habla de un hecho acaecido hace meses, cuando no hace más que dos días que salió a la luz, tras el ejercicio minero en las redes sociales a costa del erario público realizado por personas interesadas, y sin tener en cuenta que en unas horas se acordó la dimisión del concejal, con la anuencia del mismo.

Ya querría para sí, aunque no lo admitirá nunca en público, la rapidez de respuesta y la altura intelectual de la Sra. Carmena, coherente con la manera de pensar y actuar que siempre la ha caracterizado. Cada uno suele atacar a aquellos en los que ve lo que uno quisiera tener y no tiene o quisiera ser y no es, ése es el verdadero motivo del intento de caricaturización que hace en su artículo, escribiendo una ensalada a base de ideas prestadas de Esperanza Aguirre, Marhuenda, Beaumont e Inda, con un toque de envidia y una pizca de mala leche.

Más análisis crítico y menos pensar con el estómago, por favor.